jueves, 13 de junio de 2013

El día del Tejón


El día del Tejón.

Hacía varias semanas que teníamos previsto subir a Lillo para ver si conseguíamos sacar alguna foto a todo lo que el reino animal y vegetal pusiese a nuestro alcance, con especial atención puesta en los rebecos.

Salimos tarde de León sobre las 8:30 de la mañana y pronto empezamos a ver cosas dignas de dedicarlas unos minutos para intentar plasmarlas.

A la altura del caserío del Carrizal, entre éste y las casas de Valderrodezno, vimos media docena de alimoches que estaban entre el ganado. Aunque estaban a mas de 150 metros, aparqué el coche y desde el borde del cercado y utilizando uno de los postes como trípode les tomamos unas cuantas fotos.



Lógicamente a esa distancia y con el sol frente a nosotros la calidad deja muchísimo que desear, pero al menos si que estuvimos viéndolos con los prismáticos un rato.

Más adelante en el cruce de la Ercina nos entretuvo este ratonero que volando de poste en poste manteniendo la distancia de seguridad siempre mayor de los 100 metros nos lió también un buen rato.


Por fin después de tomar un café en Boñar llegamos a Lillo y aunque ya era muy tarde intentamos localizar los rebecos, que era lo que en principio íbamos buscando.

La verdad es que la suerte estuvo de nuestro lado, y casi sin darnos cuenta nos encontramos ante un grupo de más de 20 ejemplares, que para no variar nos vieron antes ellos a nosotros y se pusieron a la “distancia reglamentaria” en este caso por encima de los 300 metros donde se quedaron observándonos.


Cuando estuvieron tranquilos y empezaron a pastar de nuevo comenzamos un rececho para intentar situarnos por encima de ellos y así entrarles más fácilmente. Después de un buen rato conseguimos acercarnos a ellos a unos 150 metros, era lo máximo que el terreno nos permitía, y desde allí comenzamos a sacarles fotos.


El entorno era una zona recuperada  y las fechas en que estamos (primeros de Junio) determinan que los rebecos ya hayan perdido su capa de invierno y el color marrón uniforme les cubre dejando apenas divinar los tonos mas oscuros de las líneas de la cara que son tan llamativas en invierno, estos dos “problemas” unidos hacen que las fotos que les tomamos no sean tan llamativas como merecen estos extraordinarios animales, pero no cabe duda que un rebeco es un rebeco y a pesar de todo, al menos para nosotros, tienen la belleza de lo salvaje y aunque rebeco, peña, y paisajes agrestes parece que siempre van unidos, en este caso nos tuvimos que adaptar a lo que había a nuestro alcance, y esperar a otro día para buscarles en un entorno más acorde con los tópicos que acompañan a esta especie.

Como el día ya estaba hecho, regresamos al coche para ir a comer y seguir por la tarde explorando otras zonas y preparar salidas para otros días. Entramos faldeando la peña Susarón hacia Utrero y vimos que la zona ofrecía bastantes posibilidades de ver corzos, aves y mariposas que eran otras de las fotos que íbamos buscando.

Tarabillas, escribanos, lavanderas y otros insectívoros, nos indicaron que en lo referido a las aves no nos habíamos equivocado. El día estaba bastante frío y en las zonas de umbría aún había nieve, así que las mariposas estaban desaparecidas, y solo unos pequeños licénidos y algún que otro coleoptero en un charco del camino fueron los únicos representantes que vimos de estos insectos. Esperemos que en la próxima salida podamos localizar a la Apolo y los numerosos representantes de sátiros y ninfálidos que abundan en esta zona.

De regreso a casa y a la altura de Lodares vimos desde el coche un grupo de rebecos a la orilla del pantano, aparcamos y les entramos, esta vez estaban bastante cerca. Habíamos conseguido entrarles a menos de 100 metros, pero la configuración del terreno no nos dejaba ocultarnos para apoyar la cámara en condiciones y tirados en el suelo, tapados con la hierba y a pulso, solamente conseguimos sacarles una foto bastante mediocre para dar fe de su presencia pues además la luz era malísima, eso si, durante un buen rato estuvimos disfrutando viéndoles.


 Proseguimos el viaje y al llegar al cruce de Valdehuesa decidimos subir hasta el museo a ver como estaba aquello. Estuvimos un rato sacando a los venados que tienen en el cercado.


Después de haber entrado a los rebecos, ver a estos pobres animales encerrados, aunque sea en un monte de varias hectáreas, no era el fin de día más apropiado para dejarnos un “sabor de boca” agradable, pero lo mejor faltaba por llegar.

Nos montamos en el coche y dimos el día por terminado después de casi 12 horas de campo. Un par de kilómetros antes del cruce con la general, Arturo dijo: ¡¡Para, para, un tejón!! ¿Dónde? ¡¡Allí atrás en la cuneta!! Paramos el coche y fuimos corriendo. Estábamos entre prados y no se veía nada, pero unos metros más arriba había un salva-cunetas formado por unos tubos enterrados, nos acercamos, miramos…..y el tejón estaba allí.

Nos pusimos uno a cada lado para que nos viese las piernas y no se saliese y montamos rápidamente el flash en la cámara, pero surgieron dos problemas: el primero era que apenas si podía levantar la cabeza del flash pues me pegaba en la parte de arriba del tubo, así que la cámara tenía que apoyarla en el suelo, y la segunda era que como ya no había casi luz, dentro solo veía la silueta del animal y no conseguía enfocarlo.


No me quedó más remedio que tirarme a la larga en la cuneta apoyar la cámara en el suelo y con la cabeza metida en el tubo que era de unos 30 cms de diámetro y ayudándome del móvil para tener un poco de luz, conseguí por fin enfocar y tirar unas fotos.


Con todo este trajín, el tejón comenzó a impacientarse y a lanzar sonidos amenazantes con alguna que otra arrancada hacía la boca en que me encontraba, por lo que la adrenalina estaba en máximos, finalmente se me descargó el flash, y tras comprobar que había salido alguna foto decente nos pusimos encima y guardamos silencio.


En unos minutos el tejón salió corriendo, y a pesar de que en teoría estaba esperándole, con los nervios y la poca luz que quedaba no conseguí sacarle en condiciones mientras corría por el prado hacía la maleza.
Toda mi vida he estado en el campo y es la primera vez que consigo ver un tejón vivo y salvaje a tres metros de mi nariz. Ha sido una experiencia inolvidable, y ese día siempre quedará para nosotros como el “día del tejón”.

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